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Edgardo Riveros

La crisis en el mundo actual es un fenómeno frecuente, ocurre inesperadamente y con la velocidad del rayo. La tecnología ha ido no sólo contribuyendo a la velocidad de los cambios sino que ella misma nos propicia cambios que aún son desconocidos para nuestra existencia. La tecnología nos ha producido una crisis sin precedentes y es conveniente reparar en lo que ella nos está produciendo y nos seguirá produciendo ad infinitum.

El filósofo alemán Martin Heidegger lo anunció hace más de medio siglo cuando vislumbró el impacto y la lejanía que la tecnología nos produciría como seres humanos y como seres naturales. La tecnología nos facilita la vida pero también nos complica la vida. Me referiré a lo segundo como una forma de buscar la interacción óptima entre nosotros los seres humanos y esa invención tan propia del hombre, la denominada técnica.

Heidegger dijo que el pensamiento reflexivo comenzaría a ser reemplazado por el pensamiento productivo. El primero nos lleva a la contemplación, a la meditación y a sentir pre-conceptualmente, a sentir el mundo y a nuestros semejantes. La reflexión nos ha llevado siempre a interactuar con otros y con nuestro ser; con el ser de las cosas. Una mascota, un árbol, y por puesto el otro ser humano podrían ser fácilmente con-tactado por nosotros a través de este sentir y pensar del modo reflexivo. El pensamiento productivo en cambio, nos lleva a estar pensando en responder rápido y eficientemente a los asuntos y sobre todo a nuestras responsabilidades. Producir es el gran cometido, y no perder el tiempo, trabajar con nuestras respuestas incluso anticipadas para así tener más tiempo para nosotros. Pero ese afán termina convirtiéndose en una quimera, porque mientras más producimos más demanda sobreviene hacia nosotros y la agenda se va completando día a día con esa sensación de que algo personal se va deshaciendo, se va postergando y de pronto nos sentimos agobiados, porque nuestro ser no ha podido manifestarse en el tiempo finito que acabamos de vivir.

Nuestro mundo natural se nos aleja con el pensamiento productivo, al igual como el minero se aleja del aire libre, no logra ver el cielo azul, el empleado nocturno que no logra ver la luz del día. El invento de la ampolleta significó terminar con la oscuridad, pero nos separó de la noche y del cielo estrellado, heredamos la contaminación lumínica de las grandes ciudades, lo que nos quitó la antigua contemplación de las estrellas, y hoy la buscamos como una necesidad. El silencio ya no es posible en las grandes ciudades, es un lujo que se alejó y se guardó en los escasos bosques que van quedando, ya sea por el resguardo estatal de los parques nativos o por la ausencia productiva, donde los ruidos son el producto mecánico del quehacer productivo. La fábrica moderna ha terminado con la ciudad y la plaza, el auto ha terminado con las distancias naturales y caminadas por nosotros mismos, la computadora nos permite trabajar horas y horas de un modo aislado, el teléfono celular nos ha computarizado nuestro don tal vez más nuestro: la comunicación entre seres humanos. Para expresar nuestras emociones enviamos caritas felices o tristes, signos que representan de un modo estereotipado nuestros sentimientos y emociones, de este modo nuestra sensibilidad va quedando en la retaguardia y luego desaparece. Ya no existe el aquí y ahora de la comunicación, el celular nos ha llevado a la paradoja del allá y ahora, y entonces nos desvinculamos del contexto presente. La gente ya no está en el aquí y ahora, el conductor del auto y el peatón están separados del contexto inmediato.

En el mundo actual es cuando más necesitamos humanizar nuestro quehacer, ya que de ser inventores ahora hemos devenido en consumidores masivos de tecnología. La sensibilidad para escuchar y expresar, la simpatía para ablandar el contexto de los grandes conflictos, la habilidad de reír, cantar, bailar, son acciones humanas que la tecnología no nos permite realizar. Por ello es que hoy se hace tan valioso e imperativo el aprender y desarrollar las habilidades blandas, porque ellas nos permiten el pensamiento reflexivo. La sensibilidad humana y el reconocimiento del otro ser humano que está a mi lado se van perdiendo ante esta maquinaria silenciosa e invasora.

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